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Los guantes de Simpson o la justicia poética

Para cuando O.J Simpson llevó a cabo su numerito del guante encogido, hasta el tato en la sala sabía que él había sido el culpable del asesinato de su esposa y un camarero que pasaba por allí.

Sin embargo, el veredicto del jurado popular, mayoritariamente del color, declaró inocente al presunto asesino en su juicio penal. El ejercicio de pirotecnia que montó su defensa fue de tal envergadura, que el único condenado fue un policía por hacer comentarios racistas.

No se juzgó al asesino, sino a la sociedad supremacista blanca que sometía de forma intolerable y marcial a los negros.

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Un agente señala un objeto en la escena del crimen ante el cadáver de Nicole Brown, mujer de O.J. Simpson

Ni la sangre en el lugar de los hechos, ni la falta de coartada, ni los testimonios de los testigos, ni la sangre en su coche, ni las palizas anteriores, nada fue suficiente para condenarlo.

La clave de aquel juicio la tuvieron, como no, los abogados de la defensa, capaces de meterlo todo en una lavadora y dejar a igual nivel, lo mismo una ventura de posibilidad casi imposible, que la certeza inquebrantable de un informe científico imparcial.

Años más tarde en un juicio civil, con el peso de la culpa y el remordimiento social claramente instalados, fue considerado culpable y condenado a pagar más de 30 millones de dólares a las familias de las víctimas. Ahora, eso sí, por aquel caso de la cárcel se libró.

No obstante, aquel remordimiento de injusticia seguía pululando por la atmósfera norteamericana. En cuando O.J. Simpson entró de nuevo en un juzgado lo condenaron a una burrada de años. La denuncia era aquí sobre un robo con intimidación.

La realidad es que el chaval intentó recuperar cosas que ya no eran suyas – se las habían embargado con anterioridad por el caso civil -, se metió con unos matones en el hotel donde un subastador las guardaba con el ánimo de recuperarlas sí o sí. 33 años le cayeron por aquel suceso en una condena que asombra por su contundencia vista con el tiempo, pero que todo el mundo dio por buena entonces.

Todo el mundo sintió aquello como un caso claro de justicia poética.

 

 

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