Intoxicación informativa

Quieren el silencio de los cementerios

Durante cuatro larguísimos años, los familiares y amigos de las víctimas del horrendo y atroz doble crimen de Almonte, ese que acabó con la vida de un joven padre y una inocente criatura de la forma más cruel e inhumana, han guardado un respetuoso y prudente silencio.

Nada, absolutamente nada, han criticado ni de la investigación policial ni del desarrollo del proceso judicial. Han soportado con estoicismo y con un profundo dolor las especulaciones, las injurias, las calumnias y hasta el abandono y la insolidaridad que una buena parte de sus propios vecinos les han dispensado. Han sido víctimas por partida múltiple y aún así, han callado.

Confiaban en la Justicia, en el concepto y en el estamento, que es lo que se supone que hay que hacer, porque en la educación de la gente de bien, de la gente demócrata, trabajadora y cumplidora con sus obligaciones de ciudadano, no cabe otra opción que encomendarse a las normas que entre todos nos hemos dado y que rigen una más o menos buena convivencia. Pero la Justicia, de momento, no les ha correspondido con la misma entrega, sino con contradicciones y desamparo.

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Los medios de comunicación toman declaraciones a María Espinosa, madre y abuela de las víctimas del doble crimen de Almonte, a las puertas del Palacio de Justicia de Huelva.

No, señores. No es un pecado ni un delito manifestar contrariedad, dudas, disgusto, dolor, incredulidad, decepción o perplejidad ante una situación como la que están padeciendo los familiares de estas dos víctimas de tan cruento asesinato. No es un pecado ni un delito pedir a la Justicia que recapacite, que revise lo sucedido, solicitar amparo, protección, que cumpla con su deber para con los ciudadanos a los que al fin y al cabo se debe. Que vele por las víctimas y llegue hasta el final, cueste lo que cueste.

En este país, de momento, existe libertad de expresión, un derecho que costó mucho conseguir y que, es cierto, no es absoluto, tiene sus límites, como todo derecho. Pero no ha sido precisamente la familia de las víctimas la que ha traspasado esos límites con ignominiosa impunidad.

En este asunto se ha llegado a apuntar, de manera sibilina, a un familiar directo de las víctimas como sospechoso; se ha arrastrado por el lodo a la madre y esposa de las víctimas, como si estuviéramos en la Edad Media y en este pueblo nadie más, nunca en su historia, se hubiera enamorado de una tercera persona y hubiera roto su relación conyugal. ¡Menuda novedad! ¡Qué cosa tan extraordinaria! Eso, sin duda, hace merecedor a cualquiera del mayor dolor que una madre pueda padecer: la pérdida de su hija. ¿No es así según algunos moralistas locales?

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Marianela Olmedo acompañada de Ruth Ortíz, Juan Carlos Quer y Juan José Cortés.

En este asunto ha aparecido un individuo que con artículos degradantes y cobardes ha insinuado que una de las víctimas, a saber, el padre, no era tan bueno como lo pintaban: por lo visto tenía una doble vida llena de faldas, un auténtico desmadre que al final se le habría ido de las manos y de aquellos polvos, estos lodos. Vamos, que igual a algún marido despechado se le fue la mano a la hora de pedirle cuentas. ¿Hay algo más mezquino que mancillar de forma tan vil la memoria de una persona fallecida?

Esto, señores, sí es difamar. Sí que es, como especifica la RAE con claridad meridiana, “desacreditar a alguien, de palabra o por escrito, publicando algo contra su buena opinión y fama”. No entra en esta acepción, sin embargo, llamar a alguien “presunto culpable” mientras lo ha sido; “único procesado” cuando realmente ha sido el “único procesado”. No lo es referirse al “único sospechoso” como tal cuando las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado así lo consideran. Llamar a las cosas por su nombre no es difamar.

No, señores, ahora somos un ejército de corazones verdes que no van a callar más. Han mostrado la banderita blanca de la tregua sólo cuando se han topado de frente con una oposición, cuando le han visto las orejas al lobo y ahora desde la cobardía de los perfiles falsos en las redes lo tachan todo de circo. Mientras tanto, han campado a sus anchas sembrando la mentira, la ofensa y la discordia. Esparciendo la duda para tapar con ella el estercolero.

Para confundir y dividir a un pueblo que ya para siempre estará herido de muerte por la irresponsable actitud de una parte a la que no le ha temblado el pulso con tal de conseguir que el silencio de los familiares de Miguel Ángel y María fuera tan sepulcral como el que ellos, pobres víctimas del mal más absoluto, guardan para siempre en sus tumbas del cementerio.